Durante semanas, el país asistió a una escena que ya parece repetida hasta el cansancio. El senador, ahora con permiso, Hernán Rivas se convirtió en el centro absoluto del debate público, no por una reforma, no por una ley relevante, sino por la validez de su título universitario. Un tema importante, sin dudas, pero convertido en espectáculo de tiempo completo.
Lo más entusiasta del arco opositor encontró en este episodio una oportunidad de oro: micrófono en mano, cámara encendida y discurso listo. Día tras día, semana tras semana, el mismo libreto. Que si debía renunciar, que si había que expulsarlo, que si el Senado debía actuar. Todo dicho con una convicción admirable… y una eficacia nula. Porque desde el minuto uno sabían —o deberían haber sabido— que era una batalla perdida. Una más para la colección.
Pero lo verdaderamente llamativo no fue el caso en sí, sino lo que dejó en evidencia: la incapacidad de transformar un escándalo en una discusión de fondo. Había margen para hablar de institucionalidad, de controles, de estándares mínimos para ejercer cargos públicos. Había espacio para elevar el debate. Pero no. Se optó por la vía más ruidosa y menos productiva: repetir consignas, amplificar la indignación y sostener el tema hasta el agotamiento… del público.
Mientras tanto, la ciudadanía observó, una vez más, cómo el tiempo pasa y las soluciones no llegan. Porque entre tanto grito y tanta denuncia, nadie explicó qué haría distinto, qué cambiaría, qué propondría para mejorar la realidad cotidiana.
Del otro lado, el Partido Colorado, con su conocida precisión quirúrgica para el ejercicio del poder, siguió a lo suyo. Decisiones importantes —al menos para su lógica interna—, cálculos electorales, nombres en danza. Gobernar y proyectar poder, su especialidad. Nada nuevo bajo el sol.
La oposición, en cambio, parece haber adoptado una curiosa estrategia: imitar en sus ratos libres lo que critica en tiempo completo. También piensa en candidaturas, también mide nombres, también juega al ajedrez electoral. Pero con una diferencia no menor: de ellos se espera algo más. Si el oficialismo falla, lo mínimo es explicar cómo se haría mejor. No alcanza con decir “ellos son los malos, nosotros los buenos” y prometer soluciones en cuotas, siempre después de las elecciones.
Y así, el capítulo Rivas terminó como suelen terminar estas historias: se fue uno, llegó otro, y la sensación general es que nada cambió. Un movimiento perfecto para que todo siga exactamente igual.
Los colorados continúan haciendo lo que mejor saben hacer: administrar el poder. La oposición, por su parte, persevera en su rol favorito: denunciar al poder. Entre unos que gobiernan y otros que gritan, el ciudadano queda en el mismo lugar de siempre: esperando que, en algún momento, alguien decida hablar menos… y hacer más.




