Bajo una lluvia intensa que castigó el césped del Defensores del Chaco, el empate 1-1 entre Olimpia y Sportivo San Lorenzo dejó una imagen clara: el campo estaba pasado por agua, pero quien se ahogó en su propia torpeza fue el técnico franjeado.
El partido enfrentaba a realidades opuestas: el puntero contra el colero. Pero el fútbol no perdona la soberbia ni la improvisación, y el planteamiento de Pablo ‘Vitamina’ Sánchez fue una invitación abierta al desastre. Cambios innecesarios, un esquema sin lógica y una evidente subestimación del rival. Del otro lado estaba Julio César Cáceres, que conoce de memoria a varios futbolistas de Olimpia y preparó a su equipo para resistir.
El primer tiempo fue directamente paupérrimo. Se suponía que el líder debía arrasar al último de la tabla, pero Olimpia no generó absolutamente nada durante casi toda la etapa inicial. El balón circulaba lento, sin profundidad y sin ideas. La única acción clara llegó cuando el primer tiempo se extinguía: un cabezazo de Rodrigo Pérez que el arquero Wilson Quiñónez salvó de manera providencial. Hasta ese momento, el puntero parecía un equipo desorientado que jugaba sin plan ni ambición.
En el complemento, Olimpia encontró el gol casi por accidente. Una torpeza defensiva terminó en penal y Alejandro Silva lo transformó en el 1-0 con su habitual pausa y precisión desde los doce pasos.
Y ahí apareció el verdadero problema: el conformismo. Olimpia hizo un gol y pareció decidir que eso era suficiente. Cedió el balón, retrocedió líneas y dejó que el rayadito dominara las acciones. Sin una idea clara de lo que querían hacer, los jugadores franjeados comenzaron a cometer errores infantiles. El equipo perdió agresividad, perdió control y, sobre todo, perdió la noción de ganar.
San Lorenzo, en cambio, simplemente hizo lo que tenía que hacer: aguantar la tormenta y esperar su momento. Y ese momento llegó. El empate cayó como un rayo castigador por parte de Luis Cáceres y eso fue la consecuencia natural de la pasividad de Olimpia.
El “Rayadito” celebró el punto como un triunfo. Olimpia, en cambio, volvió a demostrar un problema mucho más grave que cualquier empate: un equipo que se conforma demasiado rápido y un entrenador que, cada vez que gana un par de partidos, parece dormirse en los laureles. Porque cuando el líder se cree invencible, hasta el último de la tabla puede despertarlo de un golpe.




