Las críticas formuladas por el vicepresidente Pedro Alliana hacia varios ministros del Ejecutivo generaron lecturas políticas que apuntaron a una supuesta tensión interna dentro del Gobierno. Sin embargo, un análisis del contexto y de las declaraciones oficiales sugiere un escenario distinto: los cuestionamientos del vice coinciden con observaciones que días antes había expresado el propio presidente Santiago Peña, lo que evidencia más continuidad de criterio que una fractura política.
Durante una reunión en sede gubernamental, Alliana reprochó la escasa presencia de miembros del gabinete en las discusiones sobre la reforma de la Caja de Jubilaciones, señalando que varios ministros no participaron activamente de los debates. La observación fue interpretada por algunos sectores como un gesto de distanciamiento, pero dentro del oficialismo fue presentada como parte de un mismo enfoque de gestión que busca mayor involucramiento del equipo ministerial.
El propio ministro Juan Carlos Baruja respaldó públicamente esa línea al afirmar: “En el tema de la Caja Fiscal, solamente algunos ministros estuvieron presentes, estoy de acuerdo con el vicepresidente”. Su declaración no solo validó el planteamiento de Alliana, sino que reforzó la idea de que la observación forma parte de una evaluación interna compartida y no de una disputa de poder.
Baruja también subrayó que existe una coordinación fluida entre el presidente y el vicepresidente, destacando que el nivel de entendimiento entre ambos es particularmente alto. Según explicó, esa relación de confianza habilita a Alliana a expresar posiciones críticas sobre el funcionamiento del gabinete sin que ello implique un cuestionamiento a la autoridad presidencial ni una señal de ruptura política.
Desde esta perspectiva, las declaraciones del vice pueden interpretarse como un mecanismo de presión institucional orientado a mejorar la dinámica de trabajo del Ejecutivo, más que como un gesto de confrontación. En sistemas presidenciales, no es inusual que el segundo del Ejecutivo actúe como voz de advertencia o correctivo interno cuando se detectan fallas operativas, especialmente en temas sensibles como reformas estructurales.
El elemento clave que relativiza la hipótesis de conflicto es la coincidencia de diagnósticos. Fuentes oficiales recuerdan que el propio Peña ya había manifestado preocupación por la falta de involucramiento de algunos ministros en discusiones estratégicas, lo que ubica los reclamos del vicepresidente dentro de una misma línea política. En lugar de mostrar divergencias, el episodio refleja un mensaje convergente emitido desde distintos niveles del Poder Ejecutivo.
Así, más que una pulseada interna, el episodio parece evidenciar una estrategia coordinada: reforzar disciplina y presencia política del gabinete en debates legislativos cruciales. La narrativa de enfrentamiento pierde fuerza cuando se observan las declaraciones completas y el contexto institucional, donde tanto presidente como vicepresidente sostienen un diagnóstico similar y actúan en consecuencia.
En términos políticos, la situación expone cómo diferencias de tono o estilo pueden interpretarse como disputas cuando en realidad responden a un mismo objetivo de gestión. A medida que avanza el periodo gubernamental, la sintonía entre Peña y Alliana —lejos de erosionarse— continúa mostrándose como uno de los ejes de estabilidad dentro del Ejecutivo.




