Anoche en la nueva olla, Nacional no solo se llevó un 2-0 ante Cerro Porteño, sino que exhibió con claridad la pobreza táctica y el lamentable compromiso de un rival que desde diciembre parece seguir de cumpleaños.
Desde que cerro salió campeón en diciembre, algo que todavía sigue en la cabeza de varios jugadores, lo que el azulgrana trasmite en la cancha es más una resaca que fútbol. Ayer generaron algunas jugadas de peligro, sí, pero cada vez que estuvieron frente al arco rival resolvieron como si no tuvieran ganas, con miradas a medias, sin intensidad y sin la frialdad necesaria para definir.
El primer tanto de Nacional llegó justo antes del descanso, en el minuto 47, cuando Sebastián Vargas, tras un saque de arco definió con un tiro quirúrgico, Vargas rompió la parálisis azulgrana y mandó a los vestuarios al ciclón con un balde de agua fría. Gol que llegó tras la apatía defensiva de Cerro, incapaz de cerrar líneas y sin reaccionar.
En el complemento, lejos de mostrar signos de reacción, Cerro siguió disociado de la realidad, fue más de lo mismo. Fue entonces cuando Hugo Adrián Benítez, al 75’, selló el 2-0 con una definición que desnuda la diferencia de hambre entre uno y otro: control, paciencia y frialdad de parte de Nacional; displicencia y desconcierto colectivo por parte del ciclón.
En el azulgrana no hay engranaje, no hay ideas claras, no hay intensidad física. Cerro no juega a nada, reza para que “algo salga” y confunde apatía con calma. Si siguen así, dentro de pocos partidos van a estar preocupados por despedirse del campeonato actual en vez de pelear por el título.
Mientras tanto, Nacional, que llegaba con la moral golpeada, dio una lección de carácter, se recompuso y volvió a la cima con autoridad, demostrando que el carácter se entrena, no se festeja eternamente.




