Un informe elaborado por el Comité de Asuntos Judiciales de la Cámara de Representantes de Estados Unidos sostiene que la Comisión Europea impulsa desde hace más de una década una estrategia sistemática para influir en las reglas de moderación de las grandes plataformas tecnológicas y, con ello, en el debate público mundial. El documento advierte que estas políticas, presentadas oficialmente como medidas contra el odio y la desinformación, tendrían en realidad un impacto directo sobre la libertad de expresión a escala global.
Según el análisis, el punto más visible de este proceso es la normativa digital comunitaria que obliga a las empresas tecnológicas a adaptarse a estándares regulatorios definidos en Bruselas bajo amenaza de sanciones millonarias. La lógica —señala el informe— es simple: como a las compañías les resulta inviable aplicar sistemas distintos para cada país, terminan imponiendo esos criterios europeos a usuarios de todo el mundo, incluso fuera del bloque. Este fenómeno es descrito como el “Efecto Bruselas”, es decir, la capacidad de la Unión Europea de fijar reglas globales sin intervención de parlamentos nacionales externos.
El documento también alerta sobre iniciativas destinadas a limitar el anonimato en internet mediante sistemas de verificación obligatoria de identidad. Para los autores, esto podría erosionar una de las bases históricas del discurso libre en línea: la posibilidad de opinar sin temor a represalias personales o políticas.
Uno de los aspectos más sensibles señalados es el uso de crisis como argumento para ampliar controles. Durante la pandemia, funcionarios europeos habrían presionado a plataformas como TikTok para restringir debates sobre vacunas y políticas sanitarias, incluso cuando esas discusiones se desarrollaban fuera de territorio europeo. Situaciones similares se habrían producido en contextos geopolíticos, donde categorías ambiguas como “contenido problemático” permitieron vigilar y suprimir opiniones divergentes.
El informe también menciona presuntas interferencias indirectas en procesos electorales. Cita el caso de Rumania en 2024, donde una elección fue anulada tras alegaciones de manipulación digital extranjera que, según documentos internos de plataformas, no contaban con pruebas concluyentes. En paralelo, se señala que autoridades locales habrían solicitado eliminar contenidos críticos al gobierno.
En América Latina, el estudio advierte un “efecto contagio regulatorio”. El ejemplo principal es Brasil, cuyo proyecto de legislación sobre noticias falsas replicaría elementos centrales del modelo europeo. Paraguay, en cambio, no aparece mencionado ni como aliado ni como objetivo directo de estas políticas.
Otro punto de fricción se da con la red social X, propiedad de Elon Musk. Tras adoptar políticas más amplias de tolerancia al discurso, la plataforma fue objeto de investigaciones regulatorias europeas que derivaron en una multa millonaria en 2025. Para el comité estadounidense, los fundamentos técnicos de esa sanción reflejan un intento de presionar a la empresa para alinearse con criterios políticos externos.
El documento concluye que Bruselas estaría abandonando el enfoque liberal clásico que históricamente defendía Europa para avanzar hacia un esquema de control del discurso digital con alcance internacional. Desde esta perspectiva, el debate ya no es solo tecnológico ni jurídico, sino político: quién define los límites de lo que se puede decir en internet y bajo qué legitimidad democrática.
El comité anticipó que impulsará iniciativas legislativas destinadas a proteger la soberanía regulatoria y los derechos constitucionales frente a lo que considera una nueva forma de censura transnacional.




