Durante años, desde Bruselas se intentó instalar la idea de que oponerse a las políticas migratorias de la Unión Europea era una rareza, una excentricidad de gobiernos “díscolos”. Hoy esa narrativa se cae por su propio peso. Cada vez son más los países europeos que rechazan abiertamente las políticas migratorias ilógicas, centralizadas y obligatorias impulsadas por la UE, sin por ello renunciar al derecho de asilo ni a los principios humanitarios.
Lo que estos Estados cuestionan no es la ayuda al necesitado, sino el sistema de cuotas obligatorias de reubicación, contemplado en el nuevo Pacto de Migración y Asilo, que pretende imponer desde Bruselas quién entra, cuántos entran y dónde se asientan. Una ingeniería social diseñada por burócratas lejanos a la realidad de las naciones.
En términos claros, el primer gobierno europeo que se opuso de manera frontal y sostenida a esta política fue Hungría, bajo el liderazgo de Viktor Orbán, a partir de 2015, en plena crisis migratoria. Mientras la Comisión Europea impulsaba el reparto obligatorio de migrantes, Hungría fue el primer Estado miembro en decir no, denunciando que esas políticas violaban la soberanía nacional, ponían en riesgo la seguridad interna, alteraban la identidad cultural del país y carecían de respaldo democrático.
Orbán no se limitó a discursos. Actuó. Protegió sus fronteras con vallas, criminalizó el ingreso ilegal, convocó a un referéndum nacional contra las cuotas migratorias y llevó su enfrentamiento con Bruselas a los tribunales europeos. Marcó así una ruptura política inédita con la narrativa dominante de la UE. Luego se sumarían otros países del Grupo de Visegrado —Polonia, República Checa y Eslovaquia—, pero el precedente ya estaba fijado: un Estado dispuesto a defender su soberanía frente al dogma migratorio europeo.
Desde entonces, el gobierno húngaro ha sido categórico: no aceptará ni un solo migrante bajo el sistema de reubicación obligatorio. Y hoy ya no está solo.
En 2026, el Gobierno de Letonia anunció que no aceptará nuevos inmigrantes bajo el pacto migratorio de la UE y que tampoco pagará las sanciones económicas que Bruselas pretende imponer. La canciller Baiba Braže fue clara: Letonia no abonará los 20.000 euros por migrante que exige la Unión a los países que rechacen las reubicaciones. Una señal política contundente de que la resistencia crece, incluso en países que hasta hace poco evitaban confrontar abiertamente al poder central europeo.
Esta oposición no es caprichosa ni improvisada. Tiene fundamentos sólidos. En primer lugar, la soberanía nacional: estos gobiernos sostienen que Bruselas no tiene legitimidad para decidir quién se asienta en un país. Ceder ese control implica renunciar a uno de los pilares del Estado moderno: el control de sus fronteras.
En segundo lugar, la seguridad interna. Tras atentados terroristas y el aumento de delitos vinculados a flujos migratorios descontrolados, muchos países concluyen que la migración masiva sin filtros adecuados incrementa los riesgos de radicalización y crimen organizado. Su prioridad es clara: proteger a sus ciudadanos.
También está en juego la identidad cultural y religiosa. La inmigración masiva desde regiones con valores profundamente distintos ha demostrado dificultar la integración y favorecer la formación de sociedades paralelas. Para estos Estados, preservar las raíces cristianas y las tradiciones europeas no es xenofobia, sino supervivencia cultural.
A esto se suma el impacto económico y social. Los sistemas de bienestar no fueron diseñados para absorber grandes volúmenes de población en poco tiempo. Para países con economías más pequeñas, el costo fiscal y la tensión social resultante son insostenibles.
Finalmente, está el fracaso del modelo promovido por la UE. Guetos, conflictos y polarización han sido, en muchos casos, el resultado de políticas migratorias irresponsables. Y, sobre todo, está la legitimidad democrática: en Hungría, Polonia y otros países, estas posturas fueron ratificadas en elecciones y referéndums. No es ideología: es mandato popular.
La oposición creciente dentro de la Unión Europea deja un mensaje claro: no se trata de estar contra la inmigración, sino contra la inmigración masiva, descontrolada y decidida desde Bruselas. Frente a un proyecto que ignora a los pueblos, cada vez más naciones eligen defender sus fronteras, su identidad y su derecho a decidir. Y ese debate, lejos de cerrarse, recién comienza.




