El régimen teocrático iraní vuelve a quedar expuesto ante el mundo por el costo humano de su permanencia en el poder. Las cifras que surgen de organismos de derechos humanos y redes de verificación internacional no describen excesos aislados ni errores coyunturales, sino el funcionamiento sistemático de un Estado construido sobre la represión, el miedo y la negación de las libertades más elementales.
La magnitud de la represión ejecutada por el régimen teocrático iraní es imposible de relativizar: más de 43.000 personas fueron asesinadas, entre 330.000 y 360.000 resultaron heridas, al menos 27.797 ciudadanos fueron arrestados o detenidos arbitrariamente, y más de 10.000 quedaron cegados o con discapacidades severas permanentes como consecuencia directa de la violencia estatal. A este saldo humano se suma un impacto material igualmente devastador, con daños a la propiedad que superan los 125 millones de dólares, en un contexto donde el Estado no solo reprime, sino que destruye sistemáticamente a su propia sociedad para sostener el poder clerical.
La República Islámica se presenta ante el mundo como un sistema moral y espiritual, pero gobierna mediante métodos que desmienten cualquier pretensión ética. La teocracia iraní no protege valores: protege privilegios. Utiliza la religión como instrumento de control social y como coartada para justificar una maquinaria represiva que no distingue entre jóvenes, mujeres, trabajadores o estudiantes. La violencia no es una excepción, es una política de Estado.
Particularmente brutal es el ensañamiento contra las mujeres, convertidas en símbolo de resistencia y, por lo tanto, en objetivo prioritario del régimen. El control sobre sus cuerpos, su vestimenta y su libertad personal revela la verdadera naturaleza del poder en Teherán: un poder que teme a la libertad porque sabe que no puede sostenerse sin coerción.
Mientras tanto, la comunidad internacional oscila entre la tibieza diplomática y el silencio cómplice. Se negocia con los verdugos, se relativizan los crímenes y se habla de “contextos culturales” para evitar llamar a las cosas por su nombre. Pero no hay contexto que justifique ejecuciones, mutilaciones, detenciones masivas ni el uso sistemático del terror como herramienta de gobierno.
Irán no es rehén de sanciones externas ni de conspiraciones extranjeras, como repite su propaganda oficial. Irán es rehén de una élite clerical que ha secuestrado al Estado y ha condenado a su pueblo a décadas de atraso, aislamiento y violencia. La verdadera amenaza para la estabilidad regional no es la ciudadanía iraní que protesta, sino un régimen que solo sabe sobrevivir reprimiendo.
La historia demuestra que ningún sistema basado en el miedo es eterno. Las cifras que hoy intentan ocultarse son, en realidad, el acta de acusación de un régimen que ha perdido toda legitimidad moral. El mundo haría bien en dejar de mirar hacia otro lado y empezar a llamar dictadura teocrática a lo que efectivamente es: un poder que se sostiene sobre la sangre de su propio pueblo.




