Una nueva polémica sacude a Uruguay y enciende alarmas en toda la región por el avance de expresiones de odio disfrazadas de manifestaciones culturales. La murga “Doña Bastarda”, identificada con sectores de izquierda, generó un fuerte rechazo tras la difusión de un cuplé que banaliza el Holocausto y recurre a consignas abiertamente violentas, como la reivindicación del nazismo y llamados explícitos a la eliminación de personas, incluyendo periodistas.
Lejos de tratarse de una provocación inocente o de una sátira legítima, el contenido del libreto cruza límites elementales de convivencia democrática. La referencia a prácticas asociadas al exterminio nazi no solo trivializa uno de los mayores crímenes de la historia de la humanidad, sino que reintroduce un lenguaje de deshumanización que Europa y el mundo juraron no volver a tolerar. Que esto ocurra bajo el disfraz del carnaval resulta aún más grave, porque normaliza el odio en un espacio tradicionalmente asociado a la expresión popular.
El propio Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) declaró el espectáculo “no apto para todo público” por promover la violencia. Sin embargo, pese a esta advertencia oficial, el cuplé continúa siendo interpretado, lo que revela una preocupante permisividad social e institucional frente a discursos que deberían ser condenados de manera unánime.
Este episodio no es un hecho aislado. Forma parte de un fenómeno más amplio de crecimiento del antisemitismo en Sudamérica, donde sectores ideologizados recurren cada vez con mayor frecuencia a la banalización del Holocausto, a la caricaturización del pueblo judío y a la justificación simbólica de la violencia. Cuando el odio se disfraza de humor, arte o militancia cultural, deja de ser marginal y comienza a infiltrarse en el sentido común.
Resulta especialmente paradójico que quienes se autoproclaman defensores de los derechos humanos reproduzcan lógicas claramente fascistas: señalar enemigos, deshumanizarlos y justificar su eliminación simbólica. Esa contradicción desnuda que el problema no es de “derecha” o “izquierda”, sino de valores básicos.
Callar frente a este tipo de expresiones implica convalidarlas. La banalización del nazismo y la promoción del odio no pueden encontrar refugio en la cultura ni en la tradición popular. Uruguay, y Sudamérica en su conjunto, enfrentan el desafío de poner límites claros antes de que el antisemitismo y la violencia simbólica dejen de ser excepciones y pasen a formar parte del paisaje cotidiano.




