El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, vetó de manera total el proyecto de ley que proponía una reducción de penas para los condenados por los disturbios del 8 de enero de 2023, una decisión que en la práctica cierra cualquier vía de alivio judicial para el expresidente Jair Bolsonaro y consolida lo que desde la oposición ya califican como una venganza política consumada.
La iniciativa legislativa, impulsada por sectores opositores, contemplaba una atenuación de las condenas aplicadas a quienes participaron de los ataques contra las sedes de los tres poderes del Estado. Sin embargo, su alcance iba más allá de los detenidos de menor rango: el texto también podía beneficiar directamente a Bolsonaro, condenado por la Justicia brasileña por liderar un intento de golpe de Estado tras perder las elecciones presidenciales. Con el veto total, Lula dejó en claro que no está dispuesto a habilitar ningún gesto de distensión hacia su principal adversario político.
Desde el entorno del mandatario, la decisión fue presentada como una defensa irrestricta de la democracia y del Estado de derecho. No obstante, para el bolsonarismo y buena parte de la oposición, el veto confirma que el actual gobierno utiliza el aparato institucional para saldar cuentas pendientes con el expresidente, profundizando la judicialización de la disputa política y cerrando toda posibilidad de reconciliación nacional.
El veto presidencial ahora deberá ser analizado por el Congreso Nacional. Desde la oposición ya adelantaron que solicitarán al presidente del Senado, Davi Alcolumbre, que el tema sea incluido en la agenda apenas se inicie el período legislativo de febrero. Si bien Lula no cuenta con mayoría propia en el Parlamento, los aliados de Bolsonaro confían en lograr el respaldo del bloque centrista para intentar anular la decisión del Ejecutivo.
Más allá del desenlace legislativo, el veto marca un punto de inflexión en la relación entre Lula y Bolsonaro. Lejos de descomprimir el clima político, la medida refuerza la polarización y confirma que el conflicto entre ambos líderes no se limita al terreno electoral, sino que se proyecta con fuerza en el plano judicial e institucional. Para sus críticos, Lula no gobierna, ajusta cuentas.




