Olimpia logró ayer un contundente 3-0, pero nadie debe dejarse engañar por el resultado, el primer tiempo del partido, el franjeado fue un equipo impreciso como acostumbra ser. Mientras que Nacional fue un alma en pena en todo el partido
Durante la primera etapa, el Decano fue un equipo sin ideas, sin rebeldía, impreciso con centros largos a la nada, tiros débiles y una alarmante falta de creatividad. La única jugada realmente peligrosa fue un remate de Alan “Coyote” Rodríguez que terminó reventando el travesaño. Y listo, se acabó el repertorio ofensivo del “todopoderoso” puntero.
Del otro lado, Nacional tampoco ayudaba a levantar el espectáculo. Impreciso, desordenado y sin convicción. Tuvo algunas aproximaciones, pero siempre resolvió mal. Y cuando insinuó algo más serio, ahí estaba Gastón Olveira firme para apagar cualquier intento. Un primer tiempo pobre, chato y olvidable.
Pero en el complemento pasó algo insólito: Olimpia se acordó de jugar. Entró lúcido, decidido, con otra actitud. Y Nacional… bueno, los jugadores de Nacional parecían haberse ido a un cumpleaños. El Trico desapareció del partido. Su defensa fue un papelón absoluto: un colador, una muralla hecha pedazos.
El 1-0 llegó temprano, a los 49 minutos, con Adrián Alcaraz metiendo un cabezazo demoledor tras una jugada colectiva bien armada por la derecha en la que se destacó Raúl Cáceres.
El segundo fue otro golpe: Un cabezazo certero de Vargas, aprovechando la pasividad defensiva en un córner para empezar a liquidar la historia.
Y el tercero, a los 63’ mediante un tiro libre de Richard “Cachorro” Sánchez que se desvió en Mauro Coronel y descolocó al arquero. En 20 minutos, 3-0. Partido terminado.
Aun así, Olimpia pudo haber hecho más. Nacional estaba roto, entregado, pero el Decano volvió a su peor versión a la hora de definir: dudas, falta de decisión y ese miedo inexplicable a hacer daño de verdad. Era noche para una goleada histórica, pero se quedaron en el molde.
Una victoria que maquilla, que sirve para limpiar un poco el papelón ante Trinidense y levantar el ánimo de cara a la Sudamericana. Pero ojo: los problemas siguen ahí.
Nacional, en cambio, es un equipo sin alma. Perdido, sin rumbo y sin la más mínima ambición. Un equipo que no compite y simplemente deambula.




