Cerro Porteño hizo lo que tenía que hacer… y lo hizo sin despeinarse. Fue un equipo sólido, serio y dominante desde el primer minuto, ante un rival que pareció llegar a Barrio Obrero de excursión. 2 de Mayo nunca estuvo a la altura del partido: lento, desordenado y completamente superado en cada sector del campo.
Desde el arranque se notó la diferencia. Cerro manejó la pelota, impuso ritmo y jugó con autoridad. Del otro lado, los de Pedro Juan Caballero apenas corrían detrás del balón. Si no fue goleada antes, fue porque el arquero Martínez se multiplicó como pudo, tapando varias situaciones claras. Pero ni él podía sostener semejante desorden defensivo.
El primer golpe llegó temprano: a los 11 minutos, Ignacio Aliseda abrió el marcador con una buena definición tras una jugada colectiva bien construida.
Cerro no aflojó y siguió atacando ante un rival totalmente perdido. A los 34’, otra vez Aliseda apareció para firmar el segundo, aprovechando los espacios y la fragilidad de una defensa que hacía agua por todos lados. Era un monólogo absoluto del Ciclón.
2 de Mayo insinuó alguna que otra llegada, pero siempre con resoluciones débiles, casi tímidas. Nunca hubo sensación real de peligro. Todo lo contrario: daba la impresión de que el partido dependía únicamente de cuánto quería apretar Cerro.
En la segunda mitad, el trámite no cambió demasiado. Cerro siguió siendo el dueño del partido, proponiendo, atacando y generando situaciones. Pudo ampliar mucho antes la ventaja, pero le faltó precisión en la puntada final. El rival ya estaba entregado, sin respuestas anímicas ni futbolísticas.
Y cuando el partido se moría, llegó el golpe final: a los 82 minutos, Jonathan Torres puso el 3-0 para cerrar la goleada y decorar un resultado que incluso quedó corto por lo visto en cancha. Victoria clara, contundente y sin discusión. Cerro hizo todo bien.
Lo de 2 de Mayo, en cambio, fue preocupante: un equipo sin alma, sin reacción y sin competitividad. Así, no hay torneo que aguante.




