Lo de Olimpia ya no sorprende: indigna. El equipo que se creía imbatible volvió a chocar de frente contra sus miserias de siempre, esas falencias defensivas que arrastra hace meses y que el técnico Sánchez parece incapaz , o peor aún, desinteresado de corregir. La derrota 2-1 ante Trinidense no es un accidente, es una consecuencia lógica de un equipo mal armado, mal dirigido y, por momentos, completamente desconectado de la realidad.
Sánchez volvió a hacer de las suyas: un planteamiento sin norte, improvisado, con decisiones que rozan lo inexplicable. En su afán de “cuidar” jugadores por la seguidilla de partidos, terminó poniendo en cancha a los futbolistas que parecen tener menos compromiso con la camiseta. El resultado fue un equipo sin alma, sin idea y sin rumbo.
Y si hay que hablar de responsables directos, la zaga defensiva merece un capítulo aparte. Lo de Gamarra y Vera fue un papelón. Ambos parecían competir por ver quién cometía el error más grosero. El primer golpe de Trinidense llega justamente por una descoordinación absurda entre los dos: una pelota mal despejada, una marca inexistente y el rival que, con simpleza, define sin oposición.
El segundo gol es aún más insultante: otra falla infantil, pérdida de referencia y una defensa que observa en lugar de intervenir. Inaceptable en cualquier nivel, mucho más en un equipo que pretende pelear campeonatos.
Del otro lado, Trinidense hizo lo que tenía que hacer. Fue un equipo compacto, ordenado, paciente. Esperó a Olimpia sin desesperarse y, cada vez que atacó, lo hizo con decisión y contundencia. No necesitó muchas ocasiones: las pocas que tuvo, las transformó en goles con una eficacia que dejó en evidencia la fragilidad rival.
Olimpia, en cambio, atacó como pudo: torpe, apurado, sin una sola idea clara. Sus delanteros ofrecieron un espectáculo vergonzoso a la hora de definir, con resoluciones blandas, sin carácter, casi pidiendo disculpas antes de patear. A Sánchez ya le tomaron la mano. Los rivales saben exactamente cómo lastimar a este Olimpia previsible y frágil. Si no hay un cambio urgente, este equipo está condenado a lo que la gente ya murmura en las gradas: ser un equipo pecho frío, de esos que tenían todo para ganar… y lo dejan escapar.




