En el film: Inception, existe un diálogo que va más o menos así:
Dominick Cobb: «¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Bacterias? ¿Un virus? ¿Un gusano intestinal? Ninguna de esas. El más resistente es una idea resiliente y altamente contagiosa».
Esa afirmación tiene más de realidad que de ciencia ficción, pues la crisis de Occidente, que va desde la religión hasta la cultura, es producto de un grupo de ideas que han penetrado en la mente de millones de personas. Sin ánimo de ser reduccionista, algunas de las ideas parasitarias son: 1) justicia social, 2) ecologismo, 3) antinatalidad, 4) indigenismo y 5) feminismo. Veamos cada una de ellas:

La Justicia social es uno de los grandes mitos que se enseñan en las facultades de economía y ciencias políticas. La idea central consiste en repartir de manera equitativa la riqueza, puesto que sus defensores consideran inmoral que existan desigualdades materiales. Le pongo un ejemplo: suponga usted que su hijo tiene talento para cocinar la tarta de manzana. Esa habilidad lo hace muy conocido entre amigos y familiares, ya que quedan cautivados con el sabor. Luego, como es lógico, aparecen más pedidos y nuevos clientes, tantos, que se tiene que montar una pequeña pastelería. El éxito sigue su ruta, ergo, el negocio crece y se abren sucursales en diferentes barrios. Obviamente, las finanzas del muchacho engordan, se convirtió en empresario e inversionista. Cualquier padre estaría orgulloso de los logros; sin embargo, aparecen los cultores de la envidia a exigir que el Estado exprima con impuestos a la pastelería, que es necesario hacer justicia social, porque no puede existir tanta diferencia de ingresos entre los ricos y los pobres. El problema radica en que mientras más se aplique esta política, más pobres se vuelven los países, porque los emprendedores llevan sus talentos y capitales a lugares menos agresivos.
Note algo, toda esa parafernalia pseudo científica que usan los economistas y politólogos para explicar la justicia social es un simple camuflaje para ocultar uno de los pecados más bajos: la envidia. Helmut Schoeck considera que las sociedades que más han logrado avanzar y prosperar son aquellas que han contenido la envidia. De hecho, en nuestro continente, proyectos criminales como el Socialismo del Siglo XXI deben gran parte de su éxito al voto de muchos envidiosos que esperaban joder a los ricos.
La antinatalidad y el ecologismo se pueden analizar de manera conjunta. Los ecologistas consideran que la humanidad es un virus, un mero destructor de la Pachamama. Sus propuestas se resumen en no tocar para nada el medio ambiente y en reducir la humanidad a cero, para eso, nada mejor que promover la antinatalidad. Primero inventaron el mito del calentamiento global, luego fueron más creativos, hablaron del cambio climático. Después siguieron con la farsa de la sobrepoblación. Cosa muy fácil de refutar, basta, tan sólo, con mirar las estadísticas: el 75% de la población mundial vive en Eurasia, la unión de Asía y Europa que ocupa el 35% del territorio habitable de la tierra, dejando el restante 25% de la población para el 65% del planeta. Por ejemplo, en mi natal Bolivia la densidad poblacional es de 12 habitantes por km2.

No obstante, siendo un país gigante casi despoblado, la tasa de natalidad bajó de 6,5 en los años 60 a 2,1 para la presente década. Que el país esté bordeando la tasa de reemplazo generará muchos problemas en el sistema de pensiones y la productividad en las próximas décadas. Contrario a la creencia de los malthusianos posmodernos, menos gente es, en realidad, más pobreza, porque se pierden talentos y creadores de riqueza. ¿Se imagina que hubiera pasado con nuestra especie si nuestros antepasados hubieran pensado de esa manera hace tres mil años atrás?
El indigenismo, por su parte, intenta imponer la idea que, en Latinoamérica, antes de la llegada de los españoles, existía un paraíso terrenal, una tierra sin problemas ni matanzas. Empero, la investigación histórica nos muestra otra cosa: los pueblos indoamericanos eran todo, menos compasivos con sus vecinos. Por citar un caso, Chichén Itzá, ubicada en la península de Yucatán (México), fue una de las ciudades más importantes de la civilización maya. Hoy es uno de los yacimientos arqueológicos más estudiados de Mesoamérica, principalmente por los vestigios de los sacrificios humanos que se realizaron en este lugar durante siglos. Aunque estos rituales eran una parte esencial de la cultura maya, todavía no se comprenden muy bien. Ahora, el análisis de ADN antiguo de los restos de 64 individuos sacrificados en Chichén Itzá entre el año 600 y el 1100 d.C. ha descubierto que todos eran niños pequeños varones, y que entre ellos había dos pares de gemelos.
Fueron los españoles que frenaron esos sacrificios. De hecho, los pueblos indoamericanos aceptaron el catolicismo por una sencilla razón: Jesucristo se sacrificó por la humanidad, contrario a los ídolos precolombinos que exigían la sangre de los humanos. En términos prácticos, mejor seguir a un Dios de paz y amor que a uno que reclama sangre.
Finalmente, el feminismo no es la defensa de la mujer, sino el odio desmesurado al hombre. Las feministas ven en el hombre, sin importar quien sea, a un opresor. La única forma de nivelar las cosas es tratar a los varones con rencor y rabia. En los países donde esa agenda ha avanzado con fuerza, contrariamente a lo que se podría esperar, las mujeres fueron las más perjudicadas, ya que las empresas no las quieren contratar por miedo a las demandas de acoso y los varones las evitan, incluso para invitarlas a tomar un café.
Una reflexión a modo de cierre: ¿se puede pensar en sociedades sanas cuando las personas tienen la cabeza llena de parásitos como los arriba descritos? No, de ahí la importancia de dar una batalla por los valores de nuestra civilización.





