Cerro Porteño venció 2-0 a San Lorenzo, pero el resultado es una mentira incómoda, una de esas que no tapan nada y que, por el contrario, exponen aún más las miserias de un equipo que está lejísimos de ser competitivo. Ganó, sí. Pero no mereció.
El primer tiempo fue un monólogo de San Lorenzo en cuanto a situaciones claras. A los pocos minutos, ya había avisado con un tiro que se estrelló en el travesaño. Luego un remate que pasó rozando el palo tras una pérdida infantil en salida, un cabezazo en el área chica que increíblemente se fue afuera, y otra jugada donde el arquero tuvo que intervenir tras una descoordinación grosera entre los centrales. Cerro era un equipo partido, sin reacción, sin ideas, completamente a merced de un rival que solo falló en lo más importante: meterla.
La sensación era clara: si San Lorenzo afinaba la puntería, el partido se terminaba temprano. Pero no lo hizo. Y en el fútbol, perdonar se paga.
En el segundo tiempo, lejos de corregir, Cerro mantuvo su desorden. San Lorenzo volvió a tomar las riendas, presionando, generando, insistiendo. Pero otra vez, la falta de eficacia le jugó en contra. Fue entonces cuando, casi de la nada, Cerro encontró el primer gol. Un centro que Vegetti conectó y por una cuestión de suerte, el balón superó el límite del arco.
Lo lógico hubiera sido que, con la ventaja, Cerro se soltara y arrasara. Pero ocurrió lo contrario. El equipo se llenó de errores: pases simples mal dados, decisiones absurdas, desatenciones defensivas que rozaron lo ridículo. Cada pelota era un problema, cada avance rival una amenaza.
San Lorenzo siguió buscando, empujando, generando. Pero el arco parecía cerrado. Y cuando ya el cansancio y la frustración hicieron mella, llegó el segundo golpe de Cerro en el final, aprovechando a un rival agotado de fallar.
Cerro ganó porque fue efectivo en sus pocos momentos. Nada más. Su juego sigue siendo pobre, desordenado y preocupante. Está lejos de la punta del torneo y si no corrige urgente, el panorama en la libertadores se asoma como otra posible vergüenza anunciada.




