La Selección de Paraguay se llevó un 1-0 ante Selección de Grecia en Atenas, pero lo que dejó en el campo no fue precisamente una demostración de autoridad. Fue más bien una cacería torpe, donde el cazador sobrevivió por errores ajenos y no por virtudes propias.
El primer tiempo fue directamente indigno. Paraguay jugó como equipo chico, refugiado, sin ideas, sin circuitos, dependiendo exclusivamente de que algún distinto invente algo. No hubo juego colectivo, no hubo control, no hubo carácter. Grecia, sin ser ninguna maravilla, encontró espacios con una facilidad alarmante.
Las falencias defensivas de la Albirroja fueron groseras: desorden en la última línea, retrocesos mal coordinados y una fragilidad que por mera suerte no terminó en gol. Si esto hubiese sido un partido oficial, Paraguay habría dado lástima. La sensación era clara: un equipo partido, largo, sin alma. Cada avance griego parecía una amenaza real, y no por virtud del rival, sino por la endeblez propia.
En el segundo tiempo, algo cambió. No fue fútbol, fue actitud. El equipo de Gustavo Alfaro salió con otra energía, con más agresividad para disputar cada pelota. Ese empuje, ese combustible emocional, fue lo que inclinó la balanza. Y ahí apareció Diego Gómez, que en el día de su cumpleaños, clavó el único gol del partido para sellar el triunfo paraguayo.
Pero que el resultado no engañe. Esto no fue una actuación convincente, fue un aviso. Paraguay tiene un equipo capacitado y bien entrenado, sí. Pero cuando sale del Defensores del Chaco, le cuesta una enormidad ser protagonista. El problema no es táctico, es mental. Sigue siendo un equipo que se achica afuera, que se esconde, que reacciona en lugar de imponer.
Y esa mentalidad de equipo chico expuesta ayer, puede ser letal en un Mundial. Porque allá no hay margen para sobrevivir por suerte.




