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Home Analisis

Donald Trump y Alejandro Magno

by Emilio Urdapilleta
8 de marzo de 2026
in Analisis
380
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Ucrania acepta el acuerdo y EEUU explotará sus recursos naturales por la ayuda militar recibida
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Según la historia antigua, que conocemos gracias a Dios y a los monjes católicos que la preservaron por cientos de años en los monasterios medievales (y también por algunos copistas árabes y persas), existió un conquistador de espada flamígera y guiado por sueños de gloria y grandeza conocido como Alejandro de Grecia pero que lleva actualmente el sobriquete de «Magno», traducido «el Grande».

Este hombre, prototipo del militar genial, hijo del rey Felipe II de Macedonia, fue comandante de la caballería de su padre desde los 14 años de edad, heredó a su poderoso reino y salió a combatir frente a frente contra la otra potencia dominante de la época: el reino aqueménida de Persia, cuyo fundador fue el legendario Ciro el Grande y que en ese momento estaba gobernado por Darío III.

Tras largos años de contienda, Alejandro marchaba triunfante, aunque aún no vencedor, en los territorios de Darío III. Este último, derrotado en las enormes batallas campales, adoptó una estrategia de tierra arrasada y de guerrilla apoyado por las imponentes cadenas montañosas del actual Irán y de sus países aledaños. Hasta que un día sucedió lo impensado: aproximadamente en el año 330 a. C., unos mensajeros persas llegaron hasta el cuartel de Alejandro y le notificaron de que el rey Darío había sido traicionado y asesinado.

Uno solamente puede imaginar lo que pasó por la mente del gran conquistador macedonio en ese momento pero las fuentes que sobrevivieron a las arenas del tiempo relatan que Alejandro, enfurecido, ordenó que fueran capturados todos los traicioneros que mataron a su propio monarca y cuando los tuvo frente, los hizo desollar vivos; luego, mandó a recuperar los restos del rey Darío III y al recibir su cuerpo, lloró desconsoladamente a sus pies. El mismo Alejandro encabezó un funeral de altas pompas para celebrar a su valiente adversario, al que enterró como si fuera el más auténtico y más glorioso de los reyes del mundo.

Sobreviven algunas cartas que presuntamente se intercambiaron los dos enemigos, Alejandro Magno y Darío III de Persia. En ellas, el lenguaje ilustrado, de palabras pulidísimas, de expresiones nobles y elegantes, abunda y sorprende. Eran rivales, sí, pero se respetaban y trataban con enorme respeto, hasta con mutua admiración. Se amenazaban, se lanzaban mutuas exigencias, se intimaban rendición y luego mutuamente se anunciaban las más grandes batallas y represalias; pero jamás con vulgaridad, ni con vocablos soeces, ni con insultos desmedidos.

Al fin y al cabo, tanto Alejandro como Darío III eran luchadores, combatientes. Estuvieron al frente de sus ejércitos, sufrieron los riesgos del campo de batalla, padecieron de las privaciones propias de una larga campaña bélica; ninguno de los dos regresó a dormir a su palacio real ni mucho menos permaneció en algún lejano refugio mientras sus soldados combatían. ¡Es el lenguaje del honor que solamente los verdaderos guerreros conocen!

Aquí hago una elipsis de 2.300 años…

La semana pasada, sin declaración de guerra ni motivo justificado alguno, los EEUU de Norteamérica y el moderno estado de Israel iniciaron una terrible ofensiva que se denomina hoy en día «militar» en contra de la República Islámica de Irán, país que se encuentra en los territorios de la antigua Persia.

¿Cómo se produjo este ataque, se preguntará el lector? ¿Marchó el presidente de los EEUU, Donald Trump, junto a sus miles de soldados para luchar contra el supuestamente perverso régimen de los Ayatolás Islámicos? ¿Estuvo con un fusil, en las trincheras, el primer ministro del moderno Israel, Benjamín Netanyahu, alentando a sus tropas combatientes contra los ejércitos iranios?

Ya sé que Ud. está riendo a carcajadas, querido lector, pero esas preguntas no son meramente retóricas; sabemos perfectamente que la guerra moderna se hace con misiles, drones y cohetes aunque siga muriéndose gente inocente con todo ello. No obstante, hay algo profundo en este tema, especialmente cuando se trata de los líderes «occidentales» y esto es: que ninguno de ellos tiene el más sencillo y rudimentario sentido del «honor». ¿Necesita Ud. de ejemplos?

Bueno, déjeme añadir que lo primero que realizaron los «yanquisraelíes» (neologismo que estoy acuñando) fue lanzar misiles teledirigidos que tienen precisión de centímetros, y sin enviar advertencia alguna, contra la casa familiar en donde se encontraban reunidos el líder supremo y religioso de Irán, ayatolá Alí Jameneí, junto a varios miembros de su estado mayor y de su gabinete; no hace falta recalcar que todos los que estaban en dicho lugar perecieron. Este ataque, violatorio de todas las normas de la guerra, criminal por donde se lo mire, pinta de pies a cabeza a la cobardía y a la absoluta carencia de todo sentido del honor militar por parte de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu. Para colmo que se rumorea, aunque no está confirmado, que los iraníes estaban reuniéndose en una de las residencias de Alí Jamenei porque dizque recibieron de diplomáticos estadounidenses una oferta de negociación y de paz. ¡Más pérfidos y traicioneros, no se puede, de ser cierto esto último!

¿No le parece suficiente, estimado lector? Sumo entonces esto que se halla completamente confirmado: fueron los estadounidenses, a pedido de los israelíes, quienes bombardearon una escuela iraní en donde se encontraban estudiando cientos de alumnos. ¿La excusa? Que dicho establecimiento educativo estaba al lado de una base militar. Más de 160 víctimas fatales, casi todas ellas niñas, perecieron en este infame, cobarde y vil atentado terrorista.

Por supuesto que los iraníes contestaron y se las devolvieron con creces pues bombardearon a mansalva al moderno estado de Israel así como a bases militares estadounidenses ubicadas en los distintos paisitos artificiales del golfo Pérsico; Bahréin, Emiratos Árabes, Catar, Kuwait y otros recibieron los misiles persas contra los objetivos militares «yanquisraelíes» que allí había. ¡Ni siquiera Arabia Saudita se salvó del contraataque persa!

Los estadounidenses reconocieron, hasta ayer, 10 bajas pero este número no lo cree ni el telepredicador evangélico más fundamentalista; extraoficialmente, se habla de 200 a 300 soldados y auxiliares «yanquisraelíes» caídos por las bombas iranias, sin contar a las víctimas civiles pues los persas tampoco es que sean «blancas palomas», especialmente cuando sus enemigos les liquidaron 160 niñas.

Ahora, este artículo no tiene por intención relatar a las acciones de la guerra entre Irán y EEUU-Israel. Lo que estoy haciendo, querido lector y Ud. que es muy inteligente ya se habrá percatado, es trazar un parangón entre el rey macedonio Alejandro Magno y el presidente estadounidense Donald Trump.

¿Cambió la forma de hacer la guerra en 2.300 años? La respuesta es que no. Lo que se modificó fue la tecnología y el ser humano detrás de ella. Antes no había misiles teledirigidos que acertaban en el blanco con una precisión milimétrica. Tampoco existían las bombas nucleares… Pero también, antes existían seres humanos que comprendían en carne propia lo que era el sufrimiento de una guerra. Alejandro Magno marchaba junto a sus soldados, Darío III también; compartían sus riesgos, sus penurias y sus fatigas. ¡Eran hombres de honor, en suma!

¿Donald Trump tiene algo de Alejandro Magno? No se ría, estimado lector; mis preguntas son más que retórica. Tal vez la única similitud entre ellos es que no se los destaca por su virtud sexual, aunque mucho de lo que se dice sobre el conquistador griego está exagerado por la propaganda de sus adversarios mientras que, en el caso de «il Donaldo Trumpo», todo nos indica que estaba metido hasta el fondo en el pozo ciego de la degeneración absoluta que se conoce actualmente como el «caso Jeffrey Epstein». ¿Le extrañaría a Ud. eso, querido lector? ¿Acaso Donald Trump no fue, por muchos años, dueño de las modelos que participaban en el concurso de «Miss Universo»? Lo dejaré allí, más allá de la retórica.

Y ya que estamos, ¿Alí Jamenei fue una especie de Darío III? Aquí la cosa se complica más pues en el caso del jefe ayatolá asesinado, la historia parece rimar con esas sinfonías que tanto nos fascinan a los que hurgamos en ella. No faltan los que afirman que Alí Jamenei fue engañado por oficiales iraníes traidores para aceptar a las negociaciones de la supuesta «oferta de paz» que los «yanquisraelíes» le estaban ofreciendo, lo que se convirtió en la antesala de su magnicidio, acto tan sorpresivo como cobarde y criminal por parte de quienes lo perpetraron.

Acertadamente, muchos recordaron al martirio del imam Husáin Alí, en la batalla de Karbala del siglo VII, que es como una especie de paradigma angular de los mahometanos en general y de su facción «chií» o «chiíta» en particular. En esa narrativa, no exenta de razón, el difunto ayatolá Alí Jamenei se convirtió en émulo y en perfecto discípulo de Husáin Alí, algo que a los musulmanes de todas sus sectas no puede dejar de conmover hasta las lágrimas (lastimosamente, cabe decir que están muy errados en su herejía pues solamente en la Iglesia Católica de Jesucristo existe la Salvación Eterna; pero eso no me impide reconocer al heroísmo cuando este aparece en el mundo y el ayatolá Alí Jamenei, supremo líder de Irán, pereció en su ley como un héroe, nos guste o no).

¿Cuáles fueron las palabras del presidente Donald Trump ante la muerte de su rival, Alí Jamenei? El 28 de febrero de 2026, el líder estadounidense publicó la siguiente declaración oficial:

«Jamenei, uno de los más malvados hombres de la historia, está muerto. Esto no es solamente justicia para el pueblo de Irán, sino para todos los grandes americanos, y para aquellas personas de muchos países alrededor del mundo que fueron muertas o mutiladas por Jamenei y por su banda de sanguinarios matones…».

¡Lejos, muy lejos, de Alejandro Magno y de los campos de batalla, del honor y de la gloria! ¡Cerca, muy cerca de la logia de Jeffrey Epstein, señor Donald Trump!

Respecto a las acusaciones de terrorismo, nadie pone en duda el hecho de que existen mahometanos propensos a cometer dichos actos de barbarie, especialmente entre las sectas más fanáticas del Islam; ¡pero eso no justifica a la atrocidad inhumana de bombardear una escuela repleta de niñas ni de cometer el magnicidio de un jefe religioso y de estado, auténticos actos de terror que deberían provocar la indignación generalizada de todo hombre de honor en el mundo!

Y ahora, la guerra. ¿Encabezará Donald Trump a sus ejércitos, acompañado de Benjamín Netanyahu, para enfrentar en las escarpadas e impenetrables montañas persas a las Guardias Revolucionarias de Irán? ¿Marcharán en medio de las altas cordilleras del Zagros, del Alborz, del Damavand, del Bashagard y por los desiertos peligrosos de Persia? ¿Perseguirán personalmente a todos los ayatolás iranios en combates y en guerrillas con la tierra arrasada?

¡No se ría Ud., querido lector, que son más que preguntas retóricas! Al fin y al cabo, solo el tiempo nos responderá a todas estas cuestiones y otras más que se irán develando; sin embargo, hay algo sumamente claro: ¡Donald «Epstein» Trump está muy lejos de Alejandro «Magno» de Grecia!

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