Las nuevas «Guías Alimentarias para los Estadounidenses 2025–2030«, publicadas por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y el Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, proponen un mensaje central contundente: “Volver a la comida real”. El documento, elaborado bajo el liderazgo del actual secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., plantea abandonar la dependencia de productos ultraprocesados, ricos en aditivos, azúcares agregados, grasas de baja calidad y sodio, y recuperar una alimentación basada en alimentos integrales y proteínas de alta calidad.
El planteamiento no es menor. La alimentación alejada de estándares saludables, combinada con el sedentarismo, ha profundizado los problemas de salud pública en todo el mundo y se ha convertido en una de las grandes epidemias del siglo XXI. La obesidad, definida como una enfermedad crónica, multifactorial y progresiva, está asociada a un aumento significativo del riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, dislipidemia y enfermedad hepática grasa asociada al metabolismo, además de impactar negativamente en la calidad de vida y el bienestar emocional.
En Paraguay, la situación no es ajena a esta tendencia global. Datos recientes muestran que más del 60 % de los adultos presenta sobrepeso u obesidad, con registros que alcanzan cerca del 69 % de la población adulta con índice de masa corporal igual o superior a 25. Esto equivale a 7 de cada 10 adultos con exceso de peso. Dentro de ese total, alrededor del 36 % padece obesidad, es decir, más de uno de cada tres adultos tiene un IMC de 30 o superior. La problemática también afecta a niños, niñas y adolescentes de 5 a 19 años, donde se observa un aumento sostenido de la prevalencia, lo que refuerza la necesidad de políticas integrales de prevención.
Las nuevas guías estadounidenses colocan nuevamente en la agenda pública la idea de que una alimentación saludable no solo previene sino que también ayuda a tratar la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Entre sus principales recomendaciones se destaca una ingesta adecuada de proteínas de alta calidad —entre 1,2 y 1,6 gramos por kilo de peso por día— priorizando carnes magras, aves, pescados, huevos, lácteos, legumbres, frutos secos y semillas, evitando frituras y carnes procesadas.
Se promueve además el consumo de lácteos enteros sin azúcar agregada, frutas y verduras frescas con mínimo procesamiento, y granos integrales en reemplazo de harinas refinadas. El documento enfatiza el uso de grasas saludables como aceite de oliva extra virgen, palta, nueces y pescados grasos, al tiempo que recomienda evitar grasas trans y aceites refinados.
Uno de los puntos más firmes es la reducción drástica de alimentos ultraprocesados. Las guías señalan que no existe un nivel seguro de consumo prolongado de estos productos y exhortan a limitar golosinas, bebidas azucaradas, snacks industriales y productos “light” con múltiples aditivos. También establecen límites claros para el sodio —no más de 2.300 mg diarios en mayores de 14 años— y llaman a priorizar el agua como fuente principal de hidratación.
El documento incluye además recomendaciones sobre consumo de alcohol, salud digestiva y microbiota, educación alimentaria en la infancia y consideraciones específicas para personas con enfermedades crónicas, adultos mayores, embarazadas, vegetarianos y veganos.
El mensaje de fondo es claro: frente a una crisis sanitaria global vinculada al exceso de peso y a las enfermedades crónicas no transmisibles, la respuesta no pasa por fórmulas mágicas ni por productos industrializados “saludables”, sino por recuperar hábitos básicos, alimentos reales y educación nutricional desde edades tempranas. Una discusión que, más allá de Estados Unidos, interpela también a países como Paraguay, donde las estadísticas muestran que el desafío es urgente.




