Por Minerva Machado
El periodismo cumple una función esencial en cualquier democracia: informar, fiscalizar al poder y acercar la realidad a la ciudadanía. Para cumplir esa tarea necesita tres pilares fundamentales: rigor, veracidad y responsabilidad. Cuando alguno de esos elementos se debilita, el periodismo deja de ser un servicio público y corre el riesgo de convertirse en un instrumento de construcción interesada de la realidad.
En los últimos días se generó una polémica a raíz de un informe difundido por el periodista paraguayo Bruno Masi, en el que se presentaba como “biblioteca” lo que, según el reportaje, era en realidad una pequeña casita de madera utilizada como depósito en una escuela rural. El material generó un fuerte impacto en redes sociales, pues transmitía la idea de que el sistema educativo paraguayo intentaba disfrazar precariedades estructurales.
Sin embargo, la situación dio un giro cuando docentes de la propia institución educativa salieron públicamente a aclarar el contexto real del espacio mostrado en el reportaje. Posteriormente, también el Ministerio de Educación y Ciencias del Paraguay emitió un comunicado desmintiendo la interpretación presentada. Según las aclaraciones, la estructura señalada no cumplía el rol que el informe insinuaba, lo que dejó en evidencia posibles fallas en la verificación del contenido difundido.
El problema no es la crítica, sino la distorsión
Es importante subrayar algo fundamental: criticar al gobierno no solo es legítimo, sino necesario. El periodismo crítico es una pieza central del control democrático. Los periodistas deben investigar, cuestionar y señalar las falencias del poder político.
El problema aparece cuando la crítica se construye sobre datos incompletos, interpretaciones forzadas o narrativas previamente definidas. En ese momento la labor periodística se transforma en algo distinto: deja de buscar la verdad y empieza a buscar confirmación de una hipótesis previa.
Este fenómeno se conoce en la teoría de la comunicación como “periodismo de encuadre militante”: el periodista no parte de los hechos para construir la historia, sino que parte de una narrativa y selecciona los hechos que mejor la sostienen.
Cuando la línea editorial pesa más que los hechos
Toda empresa periodística tiene una línea editorial. Eso no es un problema en sí mismo. Los medios tienen derecho a tener posiciones políticas o ideológicas.
Pero existe una frontera muy clara entre opinión e información.
Cuando la línea editorial se vuelve tan dominante que condiciona la forma en que se presentan los hechos, el riesgo es que el periodismo deje de ser un espejo de la realidad para convertirse en un actor político más dentro del debate público.
En ese punto, el periodista deja de informar para persuadir o instalar percepciones.
Y ese es uno de los mayores problemas del ecosistema mediático actual: muchas veces el impacto mediático se privilegia por encima de la precisión.
La advertencia de Javier Darío Restrepo
El reconocido periodista colombiano Javier Darío Restrepo, uno de los grandes referentes de la ética periodística en América Latina, advertía precisamente sobre este fenómeno. Para Restrepo, el peor enemigo del periodismo no es la censura ni el poder político, sino la pérdida del compromiso con la verdad.
Él sostenía que el periodista puede equivocarse —porque el error es humano—, pero lo que no puede hacer es construir relatos sin verificar rigurosamente los hechos.
Cuando eso ocurre, el daño no solo afecta a la persona o institución mencionada en la noticia. El daño mayor es a la credibilidad del periodismo en su conjunto.
La consecuencia: una sociedad que ya no cree
Cada informe impreciso, cada interpretación exagerada o cada narrativa que luego es desmentida tiene un efecto acumulativo: erosiona la confianza pública en los medios.
Y cuando los ciudadanos dejan de confiar en el periodismo, el problema es mucho más profundo que una polémica puntual. La sociedad pierde uno de sus principales mecanismos de vigilancia democrática.
Paradójicamente, el periodismo que pretende denunciar irregularidades puede terminar generando el efecto contrario: deslegitimar la propia herramienta de control social que representa la prensa.
El desafío del periodismo actual
El periodismo contemporáneo enfrenta presiones enormes: la velocidad de las redes sociales, la competencia por la atención del público y la necesidad constante de generar impacto.
Pero precisamente por eso el compromiso con la verificación, el contexto y la honestidad intelectual debería ser más fuerte que nunca.
La crítica es indispensable. La investigación también.
Pero la verdad debe estar siempre por encima de cualquier línea editorial.
Porque cuando el periodismo deja de buscar la verdad y empieza a buscar confirmación de sus propias narrativas, deja de ser periodismo.
Y ese es un lujo que ninguna democracia puede permitirse.




