La Nueva Olla se vistió de gala ayer para una nueva humillación futbolística Cerro Porteño, que pese a exhibir un abrumador control del balón durante buena parte del superclásico, quedó nuevamente sin gol y sin respuestas cuando había que definir.
Desde el pitazo inicial, el Ciclón soltó a sus volantes a tocar y tocar, generando estadísticas que en papel parecen dignas de aplaudir. Pero tras el abrazo con el balón vino la cruda realidad: cada vez que el equipo dirigido por Jorge Bava quiso meter la cuchilla y desbordar peligro serio, sus intentos se disolvieron en la nada, entre pases lentos y definiciones que rozaron lo displicente. Era como si los futbolistas estuvieran todavía festejando cumpleaños pasados y no centrados en la exigencia de un clásico.
Mientras tanto, él franjeado se plantó con una idea clara: no le importó ceder la pelota si eso significaba orden, sacrificio y eficacia. El Decano no fue de paseo; fue a imponer respeto. Y lo hizo con el hombre que mejor entiende este tipo de escenarios hostiles: Richard Ortiz. El capitán franjeado, viejo zorro de clásicos, leyó la coyuntura como quien estudia un libro abierto en la mesa del rival. A los 43 minutos conectó un cabezazo quirúrgico tras una asistencia acrobática de Mateo Gamarra para poner el único tanto del partido.
Desde ese momento, Olimpia ordenó su casa: la cancha de Cerro. Cada balón dividido fue una batalla ganada, cada pase atrás del Ciclón fue una invitación a recuperar y machacar el resultado. No fue un fútbol de ensueño, pero sí un esquema eficaz: el único que cuenta en un clásico.
En Cerro, la falta de hambre ofensiva quedó pintada a fuego cuando, tras un buen servicio de Iturbe, “El Pirata” Vegetti tuvo la ocasión más clara de Cerro frente al arco… y la mandó por encima del travesaño sin intención, sin ganas, casi como quien patea un córner en un picado de barrio.
Cerro Porteño puede sacar pecho por su dominio estadístico de la posesión, pero eso no tapa la cruda realidad: al final del día, el que manda en La Nueva Olla sigue siendo el que sabe hacer valer su hambre, su orden y su oficio… y Richard Ortiz es el inquilino favorito de ese lugar.




