Cuba enfrenta una de las coyunturas más complejas de su historia reciente, en medio de una profunda crisis económica, recurrentes cortes de electricidad, brotes simultáneos de enfermedades transmitidas por mosquitos y crecientes presiones geopolíticas. El deterioro de la situación interna y los desafíos externos han encendido un debate sobre el futuro político y social de la isla.
La economía cubana lleva años en declive, con una contracción del producto interno bruto (PIB) y tendencias inflacionarias que erosionan la capacidad de compra de la población y complican la gestión gubernamental. Según informes oficiales, el PIB registró caída en ejercicios consecutivos y la generación térmica de energía se ha vuelto crítica, con frecuentes y prolongados apagones que afectan a gran parte de la isla y limitan la producción económica cotidiana.
Estos cortes de electricidad –que ya habían sido habituales– se han intensificado y prolongado, lo que repercute de manera directa en la calidad de vida de los cubanos. En paralelo, el sector turístico, tradicionalmente uno de los pilares de la economía, enfrenta una caída significativa en la llegada de visitantes, con una fuerte reducción de turistas internacionales en 2025.
La escasez energética y los problemas estructurales del sistema de generación han empujado al gobierno a buscar alternativas, incluida la cooperación con potencias como China para modernizar la infraestructura eléctrica, aunque los resultados aún son inciertos.
Además de los problemas económicos y energéticos, Cuba enfrenta una difícil situación sanitaria. Brotes de dengue y chikungunya han afectado a miles de personas en distintas provincias, con cifras elevadas de casos en hospitales y manifestaciones simultáneas de arbovirosis. Las autoridades sanitarias han reconocido el impacto de estas enfermedades en un sistema de salud ya fragilizado por la falta de suministros.
En este contexto de crisis interna, la presión internacional se ha intensificado. La caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela ha sido percibida como un golpe significativo para Cuba, ya que la isla dependía en gran medida de recursos y apoyos vinculados al gobierno venezolano. Al mismo tiempo, la administración de Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump ha lanzado advertencias y estrategias dirigidas a promover un cambio de régimen en Cuba, enmarcadas en su política hemisférica tras los acontecimientos en Venezuela.
Analistas señalan que el régimen cubano ha sobrevivido históricamente mediante prácticas pragmáticas, adaptándose para continuar en el poder. Sin embargo, muchos observadores consideran que las condiciones actuales representan un escenario aún más exigente que episodios críticos del pasado, debido a la convergencia de dificultades económicas, sociales y externas.
Frente a este panorama, el gobierno de La Habana ha prometido que 2026 será un año de recuperación económica, proyectando un crecimiento modesto del PIB e impulsando sectores clave como el turismo, la producción y los servicios. La expectativa oficial es que estas medidas, junto con la atracción de inversiones y financiación, puedan revertir parcialmente la tendencia descendente de la economía.
No obstante, tanto dentro como fuera de la isla, el pesimismo y la resignación son palpables. Muchos ciudadanos expresan dudas sobre la viabilidad de un cambio positivo significativo en el corto plazo, debido a la magnitud de los desafíos estructurales que enfrenta Cuba. La pregunta sobre si el régimen de Miguel Díaz-Canel resistirá o cederá ante las presiones internas y externas permanece abierta, al igual que el interrogante sobre el papel que desempeñaría Estados Unidos en una eventual transición política en la isla.
A medida que la crisis se profundiza, las respuestas siguen siendo escasas y la incertidumbre sobre el futuro de Cuba crece tanto dentro del país como entre la comunidad internacional.




