Por Juan Carlos Febres Velásquez
Hace unos tres meses tuve una conversación muy enriquecedora con el profesor Gabriel Zanotti. Esa charla me trajo a la memoria sus clases en la Universidad Austral y uno de sus libros que siempre me marcó: “El cristianismo no impone la fe por la fuerza; apela a la conciencia y a la libertad del otro.” También me recordó un trabajo que este año espero poder editar.
Lo cierto es que, en medio de esta llamada “guerra cultural”, el cristianismo sigue siendo una pieza clave en la historia del mundo occidental y en el propio pensamiento liberal. Sin embargo, muchos prefieren esquivar el tema, como si fuera incómodo de abordar, cuando en realidad merece un lugar central en la reflexión pública.
Una religión imposible de domesticar
El cristianismo ha sido muchas cosas a lo largo de la historia, pero nunca ha sido una religión cómoda para el poder. No lo fue para el Imperio romano, no lo fue para los absolutismos medievales, no lo fue para los totalitarismos del siglo XX y no lo es hoy para las nuevas formas de ingeniería social. La razón es sencilla y profundamente inquietante: el cristianismo no nace para organizar masas, sino para interpelar conciencias.
Desde sus orígenes, el cristianismo se dirige al individuo concreto, con nombre, rostro y biografía. No ofrece redenciones colectivas automáticas ni salvaciones administradas desde estructuras políticas. Exige algo mucho más radical: libertad interior, responsabilidad moral y respuesta personal ante Dios. Allí donde esa lógica se mantiene viva, ningún poder humano puede reclamar autoridad absoluta.
Esta percepción atraviesa la Escritura y ha sido pensada desde múltiples tradiciones intelectuales y religiosas. Desde la teología de Friedrich Schleiermacher hasta la crítica cultural de Roger Scruton; desde el liberalismo de Friedrich Hayek hasta la reflexión de Olavo de Carvalho; desde la antropología cristiana de Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta las afirmaciones evangélicas y mormonas sobre el albedrío.
La tesis de este artículo es clara: el cristianismo es profundamente liberal en su antropología, y el liberalismo, cuando olvida ese fundamento, se vuelve frágil, técnico y manipulable.
1. La Biblia y el escándalo de la elección personal
Uno de los aspectos más revolucionarios de la Biblia es su rechazo frontal al colectivismo moral. Dios no trata con “la humanidad” como abstracción, sino con personas concretas que deciden, fallan, se arrepienten y responden.
“He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:19)
El verbo es inequívoco: escoger. No hay determinismo histórico ni destino impuesto. La fe bíblica presupone libertad.
El profeta Ezequiel refuerza esta ruptura con la culpa colectiva: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4)
No muere la clase social, no muere la nación, no muere el sistema: responde la persona.
Jesús lleva esta lógica a su máxima expresión. Llama a individuos, no a estructuras. Perdona a personas, no a colectivos Y cuando el poder político intenta capturarlo, responde con una frase que sigue siendo profundamente subversiva: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36)
Esta afirmación no es una huida espiritualista, sino una delimitación radical del poder político.
2. Schleiermacher y la fe como interioridad libre
Friedrich Schleiermacher comprendió que el cristianismo no puede sobrevivir como sistema de coerción externa.
En Sobre la religión. Discursos a los despreciadores cultos (1799), escribió: “La religión no consiste ni en el pensar ni en el obrar, sino en el sentimiento inmediato de dependencia absoluta”.
La fe, para Schleiermacher, no puede ser fabricada ni administrada. Nace en la interioridad, y toda fe impuesta deja de ser fe.
3. Machen: cristianismo o ideología
J. Gresham Machen advirtió tempranamente sobre el peligro de transformar el cristianismo en programa político.
En Christianity and Liberalism (1923) afirmó: “El cristianismo comienza con la convicción de pecado en el individuo, no con planes de reforma social”.
Cuando se invierte este orden, la fe se convierte en ideología y el individuo desaparece.
4. C. S. Lewis y el riesgo de la libertad
C. S. Lewis expresó con claridad meridiana la relación entre amor y libertad. En The Problem of Pain (1940) escribió: “El amor, por su propia naturaleza, exige libertad; un mundo de autómatas no podría amar”.
Y en Mere Christianity (1952): “Dios no creó cosas, sino personas. Las personas son libres”.
Lewis entiende que Dios acepta incluso el riesgo del rechazo. Sin esa libertad, el cristianismo sería moralmente incoherente.
5. Tolkien: el mal como obsesión por controlar
J. R. R. Tolkien desarrolló su teología en forma narrativa.
En una carta de 1956 afirmó: “El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica”.
El mal en Tolkien nunca persuade: domina. El Anillo Único es la metáfora perfecta del poder que anula la conciencia individual.
6. Scruton y la persona como límite moral
Sir Roger Scruton sostuvo que Occidente nace cuando el individuo es reconocido como persona moral.
En The West and the Rest (2002) escribió: “La idea de persona responsable ante Dios es la raíz de nuestras libertades civiles”. Sin esa noción, el liberalismo se degrada en mera técnica administrativa.
7. Hayek y la humildad cristiana
Friedrich Hayek reconoció los límites del conocimiento humano. En The Fatal Conceit (1988) afirmó: “La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben sobre lo que imaginan poder diseñar”.
Esta humildad intelectual tiene una raíz cristiana: el hombre no es Dios.
8. Olavo de Carvalho: la conciencia como resistencia
Olavo de Carvalho sostuvo: “La primera víctima del totalitarismo no es la economía, sino la vida interior”.
Sin trascendencia, la persona se vuelve manipulable.
9. Papas católicos: dignidad, verdad y libertad
Juan Pablo II afirmó en Centesimus Annus (1991): “Una sociedad que niega la trascendencia de la persona termina por destruir su libertad”.
Benedicto XVI escribió en Caritas in Veritate (2009): “Sin verdad, la libertad se disuelve en arbitrariedad”.
Pio XII sostuvo en su Radiomensaje de Navidad de 1944:
“La persona humana es el fundamento y el fin de toda comunidad política”.
10. Voces evangélicas: fe y conciencia
Francis Schaeffer afirmó en How Should We Then Live?:
“Dios siempre apela a la razón y a la conciencia; jamás a la fuerza”.
Timothy Keller sostuvo: “La fe cristiana no puede ser heredada culturalmente; debe ser elegida personalmente”.
11. Liderazgo mormón y el albedrío
Dallin H. Oaks enseñó: “El albedrío moral es el don que hace posible toda experiencia humana significativa”.
Russell M. Nelson afirmó: “Sin libertad de elección, el plan de salvación no tendría sentido”.
Conclusión
El cristianismo como frontera moral del poder
El cristianismo no promete sociedades perfectas ni cielos administrados por el Estado. Promete algo más exigente: personas libres, responsables y conscientes.
Por eso siempre ha sido incompatible con todo totalitarismo. Usando las palabras del maestro Zanotti: “El cristianismo no impone la fe por la fuerza; apela a la conciencia y a la libertad del otro.”
“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
El cristianismo es la mayor limitación jamás impuesta al poder humano, porque allí donde una conciencia se sabe responsable ante Dios, ningún Estado puede proclamarse absoluto.
Uno de esos derechos humanos que hemos olvidado es la libertad de conciencia, es nuestra libertad religiosa, y esa libertad religiosa no es una concesión del Estado a nosotros como individuos, sino que es una exigencia que nuestra dignidad humana reclama.




