La pregunta incomoda a muchos, pero es inevitable si se pretende entender la lógica real que hoy guía las decisiones en Washington respecto de Venezuela. Mientras el relato público sigue apelando a la épica democrática y a la legitimidad popular, en los pasillos donde se toman las decisiones estratégicas prima otro criterio: la gobernabilidad efectiva del día después.
Los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge, junto con el núcleo duro de la cúpula del régimen militar chavista, están negociando con Estados Unidos. No se trata de un gesto de debilidad ideológica de Washington ni de un respaldo encubierto al chavismo, sino de una lectura fría del poder real en Venezuela. En la administración Trump, con Marco Rubio a la cabeza, no creen que la oposición encabezada por María Corina Machado tenga hoy la capacidad operativa para asumir y sostener el control del Estado venezolano.
El diagnóstico es contundente: la oposición cuenta con legitimidad política, expresada en la voluntad popular, pero carece de poder de facto. No controla el territorio, no controla las fuerzas armadas y, sobre todo, no está en condiciones de desmantelar la red de corrupción y narcotráfico del llamado cártel de los Soles, profundamente incrustado en la estructura militar. Acceder al poder en este contexto no sería una victoria, sino una trampa: un gobierno débil, asediado, efímero y potencialmente caótico.
Esta conclusión no surge de la improvisación. Es el resultado de un intenso intercambio de contactos y comunicaciones entre funcionarios estadounidenses y el equipo de María Corina Machado. El mensaje que llega desde Washington es claro, aunque políticamente incómodo: hoy, un gobierno opositor no sería sostenible ni garantizaría estabilidad.
Por eso, Estados Unidos apuesta por una transición pilotada desde dentro del propio sistema. Delcy Rodríguez aparece como la figura encargada de conducir ese proceso, bajo una estricta supervisión estadounidense. La Casa Blanca ha sido explícita en algo fundamental: esto no implica un aval al régimen ni una continuidad maquillada del chavismo. Es, en su lógica, un mal necesario para evitar un mal mayor.
Washington busca un cambio de régimen ordenado, que no ponga en riesgo la seguridad nacional estadounidense ni derive en un escenario de conflicto civil que obligue a una presencia militar permanente en Venezuela. Trump, Rubio y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, comparten ese objetivo. Para lograrlo, consideran indispensable el uso de “insiders”: actores del propio sistema capaces de ejecutar una transición sin que el país implosione.
María Corina Machado representa la ruptura moral y política con el chavismo, pero no la herramienta funcional para administrar la transición. Esa es la cruda verdad que explica el “por qué no”. No se trata de justicia histórica ni de afinidades ideológicas, sino de cálculo estratégico. En geopolítica, la pregunta no es quién tiene razón, sino quién puede gobernar sin que todo estalle.




