En un contexto de crecientes tensiones comerciales entre los Estados Unidos y China, una estrategia engañosa ha sido utilizada de manera recurrente para socavar los esfuerzos de los Estados Unidos para proteger su economía. La triangulación de comercio, también conocida como el «salto de país», es una práctica que ha permitido a los fabricantes chinos evadir aranceles impuestos por Estados Unidos, inundando el mercado con productos baratos que no solo perjudican a las industrias locales, sino que también subvierten la soberanía económica de esa nación.
El senador Marco Rubio, en una denuncia reciente en redes sociales, ha puesto nuevamente en el centro de la discusión una táctica que pone en peligro miles de empleos y la competitividad de las empresas norteamericanas. Según Rubio, los fabricantes chinos han aprovechado la triangulación comercial para eludir los aranceles implementados por la administración estadounidense, utilizando países terceros como puntos de paso para reexportar sus productos a precios considerablemente más bajos. En esencia, productos chinos salen de China, pasan por países como Vietnam o México, donde son reetiquetados o ligeramente procesados, y luego son enviados a Estados Unidos como si fueran de origen local.
El impacto de esta práctica no puede subestimarse. Por un lado, los aranceles impuestos por Estados Unidos están diseñados para proteger la industria nacional de una competencia desleal, especialmente de países como China, cuyas empresas disfrutan de subsidios estatales y mano de obra barata. Estos aranceles buscan equilibrar el mercado y garantizar que las empresas estadounidenses puedan competir en igualdad de condiciones. Sin embargo, la triangulación socava este esfuerzo, permitiendo que productos chinos entren en el mercado sin las tarifas adicionales que buscan mitigar su ventaja competitiva.
El resultado es una economía estadounidense invadida por productos más baratos, lo que pone en desventaja a las empresas locales que no pueden igualar esos precios sin comprometer su calidad o condiciones laborales. La competencia desleal que genera esta práctica ha sido devastadora para las industrias manufactureras de EE.UU., que ven cómo sus márgenes de ganancia se erosionan frente a la avalancha de productos de bajo costo que distorsionan el mercado.
Pero el daño no es solo económico. También existe un costo en términos de seguridad nacional. La dependencia de productos chinos, especialmente en sectores críticos como la tecnología y las telecomunicaciones, pone en riesgo la infraestructura de Estados Unidos. Las estrategias chinas para penetrar el mercado estadounidense no solo tienen el objetivo de maximizar ganancias, sino también de ganar influencia y control en áreas sensibles. La triangulación comercial es un reflejo de cómo China, a través de prácticas desleales, sigue expandiendo su poder económico a expensas de la estabilidad de otros países.
En lugar de fortalecer a la economía nacional y a sus trabajadores, la permisividad hacia estas prácticas favorece a un competidor global que no respeta las mismas reglas del juego. Las empresas estadounidenses y, más ampliamente, los consumidores estadounidenses, terminan siendo las víctimas de esta triangulación, ya que la destrucción del tejido industrial y la dependencia de productos baratos pueden tener repercusiones a largo plazo en la economía de la nación.
Es urgente que las autoridades estadounidenses refuercen los mecanismos de control aduanero y garanticen que las leyes de aranceles sean respetadas. No se trata solo de salvaguardar la economía nacional, sino de mantener la integridad de un sistema de comercio justo que no favorezca a quienes utilizan estrategias desleales para su propio beneficio. La denuncia del senador Rubio es una llamada de atención que debe traducirse en acciones concretas para evitar que China continúe explotando estas grietas en el sistema comercial global. Estados Unidos debe priorizar su propia soberanía económica y proteger los empleos de su gente frente a las tácticas abusivas que dañan su mercado.




